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Ese silencio duró lo suficiente para que el pensamiento me fulminara el cerebro, le dió un giro de 180º a la situación y le dije: "la verdad, es que el día ha sido increíble. Aspiré toda la casa, fregué, hice ejercicios, hice la comida y cuidé a Manuela".
Automáticamente me di las gracias a mi misma por este momento de lucidez, me perdoné por la dureza de mis exigencias y fui absolutamente compasiva conmigo.
Compasión.
Entonces me di cuenta que nosotras somos las personas más ingratas con nosotras mismas, nos fijamos metas (a veces realizables, pero otras tantas no) y al no cumplirlas entonces sacamos el látigo y nos damos sin piedad.
Sé humilde contigo, ten piedad de ti. Todo lo que haces es perfecto porque es lo que te llevará al próximo nivel. Vivamos el momento presente y abracemos cada cosa que hacemos. Cuando dejamos de resistirnos ante las exigencias es justo cuando empezamos a fluir con nuestros deseos. Entonces hagamos planes reales, no nos exijamos más de lo que realmente podemos hacer, felicitemosnos cada vez que concluyamos una tarea.
Tomemos pausas, meditemos sobre nuestros deseos. Necesitamos evolucionar espiritualmente para estar donde queremos estar, pero para eso debemos ser muy claras en dónde queremos estar y saber que la vida es rítmica y que ese es el tiempo que necesitamos para manifestar nuestros deseos, que no tenemos que llenarnos de tareas para ser la mujer perfecta, porque ya lo somos (y siendo honesta, la mujer perfecta no existe)
Vamos a dejar de comparar nuestras vidas con la vida de las demás, cada una de nosotras tiene necesidades y realidades distintas. Cada una necesita tiempos diferentes para alcanzar nuestras propias metas, enfoquemos nuestras energías para conseguir lo que queremos.
A veces, tener esos instantes de lucidez hace que todo tenga otro matiz.
Quiérete siempre un poquito más.

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